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La Trampa

Acompáñame, es más, te pido que tomes mi mano para emprender juntos un viaje imaginario al pasado entrando por la puerta  del tiempo.

Estamos a mediados del siglo XX, son las ocho de la mañana y en El Regocijo la neblina apenas permite ver algunos arreos de mulas que llegaron en el transcurso de la madrugada trayendo bultos de café.

Las mulas se amarraron en los pasillos externos de las casas, en los pilares de madera, hechos con doble propósito: el de sostener el techo de las viviendas y el de sujetar los animales.

En el año 1948, los principales arreos de mulas pertenecían a los señores Argimiro Rojas, Ramón Maldonado y Gabriel Dávila de La Caña Brava; a Arreo de mulasGenarino Rojas del Ceibal; a Armando Mercado de Bolero y a Jabino Rondón de Chiguará. Cada arreo era de catorce mulas,  más o menos.  Otras familias campesinas menos pudientes,  llegaban montadas en burro, trayendo las cosechas de sus tierras y tal cual lo hacía en buey;  la mayoría arribaba a pie desde los más lejanos rincones de la geografía de la parroquia La Trampa.

No faltaba quien arriara una cochina con sus cochinitos para venderlos en el

mercado los días sábados.  El precio de compra-venta de la cerda y sus cerditos era de veinte bolívares, equivalentes a cinco pesos.

En la plaza, las señoras Publia Paredes de Salazar, Cándida Guillén, Isabel Rondón, Melania Bolero y Adelaida Guillén, vendían comida a todas las personas que llegaban al mer121108 068cado. Colocaban tres topias, prendían candela y luego que la  leña ardía montaban las ollas y los calderos repletos de lo que luego se convertiría en exquisita comida campesina. Entre los platos ofrecidos estaban las arepitas de carne o queso, café, sopas, hayacas, pasteles, chicha.  Ellas levantaron sus familias de esa manera, basadas en la venta de comida y granjerías. La Sra. Lucinda Guillén vendía hayacas en la casa que actualmente ocupa Linda.  La casa que está frente a la laguna, propiedad de la Sra. Lucidia Rojas, sirvió de posada y restaurante los fines de semana. Fue una persona solidaria y humana con los más necesitados que acudían a ella para pedir y recibir ayuda.

El trueque o la venta-compra era el medio a través del cual se  Buey negociaba. Eran sujetos de ellos: vacas, toros, cochinos, bueyes, caballos, yeguas, mulas, burros, ovejas, cabras, chivos, gallinas y todo tipo de verduras, legumbres y granos. Desde la población de  Lagunillas llegaba arroz, pan, pescado seco, velas, sal, panela blanca caparuceña, plátanos, miche, telas, hilos, agujas, herramientas  para la agricultura, ollas de metal y de barro, etc. De La Azulita provenía el café y la panela.

De La Trampa y aldeas aledañas salía caraota, arveja, maíz, apio o arracacha, cebolla, cebollín, papa, churíes, yuca, ajos, queso, carne.

Hubo seis pesas: la de Encarnación Ortega, Antonio Uzcátegui, Sablón Contreras, Antonio García, Nepomuceno Guillén y la de José de Los Santos Montilla que funcionaba en la casa que es hoy de Tomás Rojas, iniciando la cuesta a Belén.

Tiendas de ropa: la de Cristóbal López, donde se vendía por metros cortes de tela. La de Cristóbal Rojas, allí nunca faltaba la tela de caqui, liencillo o

Telascrehuela para hacer bordados, sedalina, tela listada o de flores. El metro de las más baratas costaba un real o uno o dos bolívares y las más caras valían entre cuatro y diez bolívares.

El flux que usaban los hombres se componía de pantalón y paltó de caqui o dril color azul o beige. Casi todos usaban sombrero y ninguno, corbata.   Al Alpargatafinal de la pierna, el atuendo lo completaba un par de hermosas alpargatas con plantas de cuero o fique y capellada de hilo o cuero. La gente pudiente usaba zapatos corte bajo. Eso sí, en Nochebuena no faltaba el “estreno” a nadie.

Las manos expertas de las señoras Elba Rojas, esposa de Don Atilano Rojas, Belén Martínez y María Vega hacían de los cortes de tela hermosos vestidos que causaban la envidia del resto de  las mujeres. Vendía ropa,  Rafaelito Rojas Vielma. Quien podía ir a Lagunillas la compraba donde Carmelo Prieto, Benjamín Vega o Luis Ruiz.

Tiendas de víveres fueron de Encarnación Ortega, Zenón Díaz, Ignacio Rojas, Jesús Rojas, Amenodoro Moreno, Pablo Uzcátegui, Ismael Valero y

HPIM1851Fermín Pernía. Este último,  además de vender lo que los otros ofrecían los fines de semana, disponía de un pequeño depósito de víveres a fin de venderlos entre semana.

Botiquines con licencia para expender licor fueron propiedad de  Antonio Uzcátegui,  Jesús Rojas y José Alberto Vielma.

En el corredor de la casa de Ignacio Rojas, además de amarrar bestias, los días sábados, Maximiliano Rojas hacía de las suyas trasquilando el pelo a muchos paisanos.

Inicialmente el mercado funcionaba en La Trampa de abajo, pero por ser angosto el lugar se trasladó a La Trampa de arriba, cuyo terreno fue donado por la Sra. Elvia Pernía Rojas. Este sitio es ocupado hoy por la placita Bolívar.

El café trillado fue un rubro muy importante a principios del siglo pasado. Se cuenta que el mayor productor era José Rojas Molina, vecino de La Caña Brava, llegando a contabilizar hasta 250 cargas (500 sacos) anuales.   CadaCafé carga pesaba 92 Kg. y el quintal 46 Kg.  La carga costaba 60 pesos, unos 240 bolívares. Pesaban el café en los corredores de El Regocijo en viejas romanas de machete.

Posteriormente el comercio del café fue acaparado por la PACA de Chiguará. En el año 1975 se estableció una sucursal en La Trampa, llegándose a comercializar unos 4000 quintales anuales. Los principales compradores de café trillado fueron: Lucio Rangel, Críspulo Guillén y Jesús Manuel Molina Rojas, todos vecinos de Lagunillas.

La producción de apio alcanzaba los 1500 quintales semanales.

Apio o Arracacha

En la Loma de La Piedra y en la del Pico, Caracciolo Rojas Peña, su hermano Eusebio Rojas Peña y Baltasar Rojas Boris, sembraban y producían la mayor parte de la arveja que se comercializaba en la zona.

En la hacienda El Olimpo ubicada en El Ceibal, propiedad de Genarino Rojas Rincón existía un trapiche movido por motor. Pablo González de la hacienda Cuba Libre en La Caña Brava y Gabriel Dávila de El Ceibal también tenían trapiche movido por motor.   Y así, el

coronel Antonio Paredes Pulgar dueño de la hacienda El Corral. Al inicio, todos los trapiches fueron movidos  por bueyes o caballos. Don Amando Mercado en Bolero de la Caña Brava y Argimiro Rojas Rincón de la hacienda Pueblo Viejo también tenían trapiches a motor.

Los que tenían cierta cantidad de ganado eran: Telmo López, Cristóbal López, Olinto yGallinas Julio César en La Sabana. Tulio, Jerónimo y Caracciolo en la hacienda de los Dávila y Genarino Rojas en El Ceibal de La Caña Brava. En cada casa no faltaba tal cual vaca, gallinas, piscos, marranos, burro de carga y varios animales más, todos alimentados con maíz, apio, yuca, caña de azúcar y pasto.

Cuenta el Dr. Héctor Soto, nacido en La Caña Brava, que: “Recuerda gratamente los días sábados de mercado en La Trampa. Teníamos que levantarnos a las cuatro de la mañana y tomar una camioneta panera o un jeep y trasladarnos a La Trampa desde Lagunillas. Mi padre me llevaba junto con mi hermano Edén Ildemaro a realizar el trueque de: víveres, granos, enlatados, sal y alimentos empaquetados por los productos propios del campo: café, cacao, tabaco, quesos, huevos, etc. Recuerdo que para pasar el frío, mi hermano y yo, nos metíamos dentro de los sacos de coleto, vacíos, de arbejas y de café. Era un lindo mercado, llegaba mucha gente a intercambiar sus productos. También se daba y se prestaba dinero a los productores por parte de los comerciantes. Mi padre perdió mucho dinero en ese menester. Recuerdo que se usaba para pesar  grandes cantidades, la antigua balanza tipo regla que era colgada con mecate sobre la vigas de los pasillos de las casas, utilizaba unas pesas que se situaban sobre la parte dentada de la balanza. Esto lo refiero, porque había uno de los comerciantes que hacía trampa, trácala, a los pobres productores. Lo recuerdo como si fuera hoy, ésto se lo notifiqué a mi padre y a los mismos productores para que les hicieran negocio legal. Recuerdo la travesía y el miedo que ocasionaba la carretera, la subida, las curvas, los desfiladeros y el famoso derrumbe de la quebrada El Molino. Muchas veces nos tocó abrir paso con palas y picos. Una vez que retornábamos a Lagunillas, después de las dos de la tarde, emprendíamos la venta de los huevos y quesos en carretilla, y llevábamos el tabaco a los chimoceros para que produjeran la pasta de chimó. El café lo vendía mi padre a Café Lagunillas (tostadora) y al mudarse ésta a Mérida lo llevaba a Santa Cruz de Mora. ¡Qué tiempos aquellos! Mi padre (El avión, a raíz de este accidente) volcó su primer carro bajando de allá, cayendo cerca de El Molino. A Dios gracias no sufrió nada grave. Ya al pasar el tiempo se fue acabando el mercado de La Trampa.  Los productores compraron vehículos y transportaban sus productos  a Lagunillas o a Mérida. Cómo olvidar al pescadero  Críspulo, a Genarino  (El Colorao), al Sr. Rangel (Cacho e´ buey), a Rojitas, a Vielma y su licorería, al carnicero de La Trampa (comía cebollas rojas con leche) y a otros cuyos nombres ya no recuerdo”.

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Centro de La Trampa

Si el lugar que se observa en la foto pudiera hablar, qué de cosas nos contaría. Ha visto pasar el tiempo y varias generaciones de tramperos, de visitantes y turistas. ¡Qué nos diría!

Según relatos de abuelos, trasmitidos de padres a hijos, a finales del siglo XIX, vecinos de Chiguará se asentaron en el sitio donde está hoy La Trampa.
En esa época se tenía por costumbre soltar los animales en las montañas para que se alimentaran con las hierbas del campo, volviéndose cimarrones con el paso de los días en libertad.
Luego de transcurrido un tiempo, sus dueños, basados en la intuición y el tanteo, calculaban el momento oportuno para recuperar el rebaño.
En varias partidas, integradas por dos o tres personas, subían desde Chiguará a las montañas de La Trampa. Ya en el lugar, emitían gritos llamando al ganado que días antes había sido ya cebado con una mezcla de panela rallada con sal procedente de la laguna de Urao.
Reunían sus reses y las guarnecían en cercos de piedra, contando sus ganancias o pérdidas: los nuevos terneros o el engorde del rebaño o su definitivo extravío.
A raíz de que la pérdida de animales se hizo regular por el ataque de los felinos, decidieron establecerse cerca para defenderlos.  Ese hecho dio lugar a la construcción de las primeras casas, lo cual puede considerarse como la fundación de La Trampa.
Una tarde temprano recogieron el rebaño resueltos a solucionar el problema. Armaron la trampa para cazar al devorador furtivo.
Cerca de la medianoche los perros empezaron a ladrar. No pasó mucho tiempo, y en las primeras horas de la madrugada se escuchó un sonoro disparo, era la respuesta del chopo armado que descargaba su munición matando un enorme tigre.
Esta pequeña hazaña, la de sobreponerse a tal adversidad, unió más a los primeros habitantes del lugar y como recuerdo de ese hecho, nombraron el sitio La Trampa y un poco más allá, El Tigre.

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